Los Defensores

𝐉𝐮𝐝𝐚𝐬 𝐈𝐬𝐜𝐚𝐫𝐢𝐨𝐭𝐞, 𝐈𝐫á𝐧, 𝐁𝐨𝐬𝐜𝐡 𝐲 𝐥𝐚 𝐢𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐜𝐢ó𝐧 𝐫𝐞𝐥𝐢𝐠𝐢𝐨𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐥𝐢𝐜𝐭𝐨𝐬

𝐉𝐮𝐝𝐚𝐬 𝐈𝐬𝐜𝐚𝐫𝐢𝐨𝐭𝐞


Por Ramon Santana

Para el año 1977 tuve la oportunidad de leer Judas Iscariote, el calumniado del profesor Juan Bosch. Aquella lectura, que en su momento parecía una reflexión histórica y casi teológica sobre una figura bíblica, con el paso del tiempo se ha convertido para mí en una clave interpretativa de la política contemporánea. Bosch no solo reescribía la historia de Judas; nos enseñaba a desconfiar de los relatos oficiales, a identificar cómo se construyen los culpables y, sobre todo, a entender que detrás de muchas condenas morales suele esconderse una necesidad política.

Recuerdo también —como parte de nuestra formación cultural— aquellas escenas repetidas en barrios y comunidades donde, entre risas y algarabía, se coreaba: “¡Juda, Juda, Juda es! ¿A qué hora lo queman? ¡A las diez!”. Era un juego, una tradición, una costumbre asumida sin cuestionamientos. Pero en el fondo, sin darnos cuenta, se nos enseñaba algo más profundo: la normalización de un culpable absoluto, la necesidad de un traidor al que castigar, la construcción colectiva de una figura que debía ser destruida para reafirmar un orden moral. Así, desde la infancia, aprendíamos no solo una historia, sino una lógica: la de identificar, señalar y condenar.

Hoy, ante el conflicto internacional y la creciente demonización de Irán, esa enseñanza cobra una vigencia extraordinaria. Bosch nos plantea en su obra que Judas no fue necesariamente el traidor que la historia nos ha presentado, sino una figura convertida en símbolo negativo para sostener una narrativa. En otras palabras, Judas fue útil. Su condena no responde únicamente a los hechos, sino a la función que debía cumplir dentro del relato dominante: ser el responsable absoluto de un proceso complejo.

Esa lógica no es exclusiva del mundo bíblico. Es, en esencia, una constante histórica. En el escenario geopolítico actual, observamos cómo ciertos actores de poder recurren a un lenguaje que trasciende lo político para entrar en el terreno de lo moral y lo religioso. La utilización de referencias bíblicas, la evocación de una supuesta misión civilizadora o incluso la invocación de Dios en contextos de guerra no son elementos inocentes. Son herramientas discursivas que cumplen una función precisa: transformar un conflicto de intereses en una lucha entre el bien y el mal.

Un ejemplo revelador de esta dinámica lo encontramos en la conducta del actual secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, quien ha incorporado de manera explícita elementos religiosos en el ejercicio de su función pública. La realización de oraciones dentro del Pentágono, la apelación a pasajes bíblicos en el contexto de decisiones militares y la insistencia en una narrativa de carácter espiritual para justificar la acción del poder, no pueden ser vistas como actos aislados de fe personal. En un contexto de guerra o tensión internacional, estos gestos adquieren una dimensión política: convierten la acción militar en una causa moral, casi sagrada.

Cuando eso ocurre, el adversario deja de ser un Estado con intereses, historia y contradicciones, y pasa a ser una entidad demonizada. Se simplifica la realidad para hacerla moralmente digerible. Se construye un “Judas”.

Irán, en el contexto actual, está siendo presentado en muchos discursos no como un actor político dentro de una correlación de fuerzas, sino como una amenaza absoluta, casi ontológica. Se le despoja de complejidad, se le reduce a una caricatura ideológica, y se le coloca en el lugar del enemigo necesario. Ese enemigo que justifica políticas, intervenciones y escaladas.

Aquí es donde la lección de Bosch adquiere una dimensión profundamente contemporánea. Así como Judas fue necesario para que el relato cristiano estructurara su narrativa de redención, los conflictos modernos parecen requerir la construcción de figuras que encarnen el mal. No importa tanto la verdad histórica como la utilidad política del personaje.

La instrumentación de la religión en este proceso cumple un papel determinante. Cuando la guerra se reviste de lenguaje religioso, cuando se invoca a Dios para legitimar la violencia, se eleva el conflicto a un plano donde ya no caben matices. Se clausura el espacio de la razón crítica. Se desactiva la duda. Y se activa, en cambio, una moral absoluta que no admite cuestionamientos.

Bosch nos advertía, sin decirlo directamente, sobre ese peligro: el de aceptar sin análisis las narrativas que nos presentan culpables perfectos. El problema no es sólo ético, sino político. Porque una vez que el enemigo ha convertido en símbolo del mal, cualquier acción contra él puede ser justificada. La guerra deja de ser una opción para convertirse en una necesidad moral. Y ahí reside el verdadero riesgo.

La vigencia de Judas Iscariote, el calumniado no está en la reivindicación de un personaje bíblico, sino en la advertencia que encierra: la historia —y la política— no siempre condenan a los culpables, sino a los necesarios.

Hoy más que nunca, en medio de conflictos donde la religión vuelve a ser utilizada como herramienta de legitimación, se impone una tarea fundamental: pensar, cuestionar, desmontar las narrativas y resistir la tentación de aceptar verdades absolutas.

Porque detrás de cada Judas, puede haber no un traidor, sino una construcción. Y detrás de cada demonización, un interés